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Cuando la luz se convierte en salvadora

Typewriter
"Si algo hemos aprendido de la oscuridad permanente es a construir la luz, y no esperar a que se encienda."


Escribo y escribiré esta entrada a pedazos, porque es la única forma fiable de hacerlo hoy.

El amanecer me ha pillado con la taza de café en la mano. El olor de lo más casero de mi casa me invade: el pan, la mermelada de manzana. Las primeras luces vinieron con un torbellino de ideas que han pasado de refilón por mi mente en el escaso tiempo que llevo levantada. Mientras espero que me vuelvan a visitar todas y poder plasmarlas en el papel, escribo esto en la cocina, mientras el desayuno se prepara. Escribo esto en mi mente, me lo dicta mi neurona: de mí a mí misma. Y ahora corre, mientras se enfría el café, a pasarlo al papel o a la pantalla.

Evoco, entonces, la luz roja de un amanecer de hace ya una semana. Es cuando vuelve una de esas ideas y llama tímida a la puerta, cargada de imágenes que entonces ya aparecieron y se quedaron en la punta de los dedos. ¿Lograré plasmarlo? ¿Seré capaz de capturar esa tonalidad en mis letras? La pluma permanece a milímetros de papel, impaciente por impregnarlo de negro; mis pensamientos se alejan, suben calle arriba hasta perderse de vista, buscan el rojo, ansían ver esa luz una vez más, dejarse envolver en ella, que se pare el tiempo para poder disfrutarla más. Una foto no es suficiente.

Media mañana. Entra el sol en casa poco a poco, mientras me caliento las manos con la taza, de té esta vez. La maceta de flores amarillas junto al balcón acapara mi atención, sin pretenderlo: sus flores brillan con esta luz. La patata que crece fuera tiene cada vez más hojas. La dama de noche rebosa las flores que no tuvo este verano. La albahaca que daba por seca del todo ha empezado a brotar y ahora su rama, la única que queda verde, está plagada de hojas, como si no le hubiese dañado el paso al frío. Me dan ganas de unirme a mis plantas y hacer la fotosíntesis con ellas, con mi té en las manos. Lejos de apuntes, lejos de estudios.

Cuando, con el transcurso de la mañana, los rayos de sol filtrados por las hojas del árbol cercano alcanzan la jaula del canario los decibelios han subido para ambos. Hace rato que he pasado de los auriculares a los altavoces y ahora mismo una lista de reproducción de folk metal nos acompaña. Respirar está sobrevalorado si se trata de acompañar a la música. Y le entiendo, animalito, a mí también me sirve como subidón de ánimo en estos momento. La luz nos ilumina y el día es más cálido en estos momentos.

Las horas transcurren y ahora que estoy de sobremesa, frente al papel, en mi rato de escritura diario, ordeno todas esas ideas que me han atravesado hasta el momento. Siento que me ha quedado algo caótico y casi un diario de una mañana  cualquiera, sin interés. Pero la frase de Annie sigue dando vueltas a mi alrededor, bajo toda esta luz en sus distintas fases.

Para quienes hemos paseado por las profundidades y aún de tarde en tarde lo hacemos. Para quienes el frío no es tanto un malestar externo como algo que ni el sol podría calentar. Para quienes el hielo no es tanto metáfora como realidad. Para quienes la oscuridad no es cobijo sino prisión.

Nunca la luz ha vuelto a significar lo mismo desde el día que, consciente o inconscientemente supimos que está en nuestras manos, en nuestra mirada hacia el mundo. Nunca vuelve a ser la realidad como era antes, la conoces a partir de entonces por primera vez.

Fight'em 'til you can't fight no more.

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