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Al borde del vacío

Salto de improvisación en improvisación, como si fuera una trapecista, desafiando al abismo. Y lo peor es que sé que no soy pájaro ni pretendo serlo, que mis alas son de mariposa y quizás no me sostengan, ni me harán volar alto, pero son tan hermosas, con su colorido azulado, que disfruto con su tacto aterciopelado en mi espalda desnuda.

Avanzo, entre hilos invisibles. Salto, de un lado a otro. Me balanceo, insegura y tímida en los bordes más ariscos, desde donde diviso piedras como cuchillos que podrían destrozar mi cuerpo en segundos. Me columpio en el mismo borde de la inmensidad, lentamente, con los pies colgando, sintiendo el viento acariciarlos.

Extiendo los brazos a veces, imaginándome equilibrista. Tratando de esquivar las tormentas que quieren explotar sobre mi cabeza, los elementos que me azotan y me quieren arrojar a mares donde residen garlenas y huracanes.

Escapo, ni yo sé como. Escapo de todo eso y más, sigo dedicándome a cruzar el vacío tanteando con la punta de los dedos los bordes, por saber cuándo llegaré al otro lado. Ya no me fío ni de mis ojos, así que no me lo creeré hasta que lo haya tocado.

Y, mientras, desafío a todos mis sentidos, pongo a punto el equilibrio y me dejo vencer por los elementos. Me dejo arrullar por cuanto me azota por los cuatro costados. Mi canción de cuna, mi fortaleza. La prueba de que sigo viva y siento. Mil cuchillas de hielo atravesándome la piel en forma de viento del norte. Y después, el abismo, la nada. Y el silencio.

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